Valgrande, ahora o ya nunca

Vamos a partir de una premisa: para una comunidad autónoma con las dimensiones y el censo poblacional de Asturias mantener en funcionamiento dos estaciones de esquí es un lujo que sobrepasa su capacidad presupuestaria. No obstante, el presidente regional, Adrián Barbón, ha reconocido tal evidencia en declaraciones a la prensa. Cuestión aparte es por qué inconfesable motivo en su momento se decidió apostar por un segundo complejo de esas características en “Fuentes de Invierno”. Mas cuando la hostelería y el comercio de Aller ya se beneficiaba de las afluencias a San Isidro, en León. Por aquellos favoritismos, sin ningún género de dudas estrechamente ligados a afinidades ideológicas, se acabaría dejando caer a “Valgrande Pajares”, que en esta recta final de 2019 ha tocado fondo.

La caótica situación que se ha vivido en las últimas semanas, con varias movilizaciones de unos esquiadores indignados (como no podía ser de otro modo) ante el injustificable retraso en el inicio de la temporada, porque no se llegó a tiempo con la revisión técnica de seguridad del telesilla de El Brañillín, el principal, y con la avería del remonte de El Tubo en el primer día de apertura, debería marcar un antes y un después. Desde luego, la solución no es sencilla.

Hasta ahora las inversiones en el recinto payariego han sido, digamos, para “cubrir el expediente” (60.000 euros consignados para este ejercicio). Es más, desde determinados frentes institucionales se observa ese gasto de dinero público como un derroche. Por supuesto, no es así. Muy al contrario, estudios económicos demuestran que por cada euro que se inyecta en una estación de esquí tiene un impacto en el entorno multiplicado por cuatro o cinco. De hecho, el mencionado retraso en la entrada en servicio ha provocado cuantiosas pérdidas en los alojamientos turísticos de la Comarca, como ha denunciado el presidente de “Asturcentral”, Luis Núñez, quien asegura haber sufrido varias cancelaciones de reservas. El daño ya está hecho y va a ser difícil recuperar a buena parte de esos deportistas que han tenido que buscar otro destino para practicar su afición, pero tampoco cabe bajar los brazos.

La consejera de Cultura, Berta Piñán, ha anunciado que se creará una mesa de trabajo, con la coparticipación del Ayuntamiento y de la Cámara de Comercio de Oviedo, para indagar fórmulas que permitan reflotar el obsoleto equipamiento, abriendo la puerta a acudir a los socorridos “Fondos Mineros”. Sobre el papel, estupendo. Pero no conviene olvidar que a lo largo de este cuarto de siglo también se han presentado ideas muy atractivas, como un parque temático de la nieve, un área de concentración de pretemporada para clubes de élite de fútbol o de baloncesto, un “spa”, un calendario de actividades al aire libre en primavera y verano para desestacionalizar la oferta… Y ninguna de esas iniciativas ha salido adelante.

Continúa latente el debate de si conviene o no ir a una privatización de las instalaciones (siempre que aparezcan empresarios interesados en arriesgar su dinero en una operación tan aventurada). Obviamente, si desde la Administración se asegura que no hay disponibilidad financiera para tirar del carro lo más razonable es que se cuelgue un figurado cartel de “Se traspasa” y esperar a que caiga alguna puja del cielo. Pero antes de desprenderse de ese patrimonio público habría que agotar todas las vías posibles. Los más veteranos repiten aquello de “si Chus Valgrande levantara la cabeza…”, rememorando la ilusión y el enorme empeño que depositó el fallecido deportista olímpico en impulsar la que sigue siendo, mientras no se muera, la estación más antigua de la Cordillera Cantábrica.

Son muchos los puestos de trabajo que dependen de El Brañillín, como motor de empleo directo e indirecto, y lo que ha ocurrido este invierno no puede volver a repetirse. Sino habría que exigir responsabilidades. Incluso más allá de las estrictamente políticas.

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